Stephen Malkmus.
Ese jirafón tocado por los dioses del rock y cinco de sus mejores canciones.
Largo, huesudo, encorvado y con una cabellera plateada, Stephen Malkmus enfila su guitarra eléctrica de forma vertical contra su cuerpo para garabatear con poca precisión esa inolvidable y perezosa intro que compuso para uno de sus himnos con Pavement: “Grounded”. Toda la modorra de finales del siglo pasado y el hastío de toda una generación parecen condensarse en esa hipnótica melodía de timbre agudo que produce el vibrar de las cuerdas; luego, caen el bajo y la percusión como una gigantesca piedra sisífica. Todo es lento y palpitante. Su voz desmotivada invoca versos que parecen poesía de mall a las 11 de la mañana: “Doctor’s leaving for the holiday season, Got crystal ice picks, no gift for the gab”.
Esta clase de hipnosis inducida por la pereza y el desencanto se va a repetir a lo largo de los cinco discos de estudio que Pavement publicó durante la década de los noventa. La hueva de Malkmus era tal que incluso tocaba la guitarra como si estuviera coloreando un dibujo de mandala en un hospital psiquiátrico, sumergido en una delirante autohipnosis pasivo-agresiva. Pero no nos dejemos llevar por esas terribles primeras impresiones: el señor ya debería tener Síndrome del Túnel Carpiano de tanto escribir buenas canciones. Buena parte del encanto de su banda estaba justo en sus afinaciones: mientras el grunge afinaba sus guitarras en Drop D para sonar “más densos y pesados”, Pavement tejía su propia telaraña microtonal y disonante para llenar las esquinas del espacio sonoro de la norteamérica del college rock-MTV. En algunas de sus composiciones más célebres, las dos cuerdas más graves bajan drásticamente (el Mi a Do y el La a Sol), adquiriendo una profundidad casi de piano, mientras que las cuerdas agudas mantienen la capacidad de hacer arreglos melódicos convencionales (Malkmus casi siempre rasgueaba las cuerdas de abajo hacia arriba). Esta y otras variaciones de open tuning le permitían tocar prácticamente con un solo dedo o dejar las cuerdas al aire y siempre sonar bien dentro de la escala. El primer álbum de Pavement, Slanted & Enchanted, añade un perk de dificultad adicional: había un ligero desajuste involuntario que hace que estas melodías sean aún más encantadoras y extrañas.
Yo no puedo negar la cruz de mi parroquia: tengo todos los discos de Pavement —en ediciones normales y especiales— y también todos los de Stephen Malkmus; los he escuchado con mucha atención a lo largo de estos años y me gustan. Su música lleva 30 años en mi dieta musical y muchas veces me pregunto si debería dejar de escucharla, pero entonces me cuestiono por qué doy tanta importancia a ello. Las relaciones que uno entabla con su música son similares a las que entabla con cualquier otra abstracción, arte o persona; los lazos son tan complejos que empezar a desmantelarlos es una pérdida de tiempo, mejor a disfrutar. Eso sí, pienso también que de Pavement ya se ha escrito mucho y muy bien; ahí está el libro Perfect Sound Forever: The Story of Pavement de Rob Jovanovic (2004); también hay otro de la serie 33 1/3 dedicado a Wowee Zowee por Bryan Charles. Si no te gusta leer, está un aburridísimo documental del 2002 llamado Slow Century que Lance Bangs realizó para ellos y, por si fuera poco, existe una clase de mockumentary-musical llamado Pavements que Alex Ross Perry estrenó en 2025. O sea, de Pavement hay un montón ya y, además, escrito por gringos de suburbia ¿qué voy a venir yo a aportar aquí, un tuxtepecano fan de Pavement?
Lo que sí me intriga y preocupa es mi silenciosa obsesión con esta música durante tanto tiempo, y lo ridículo que me siento a mi edad (cuarentón) viendo Pavements en 4K HDR frente a mi pantalla LG OLED de cuarenta y pico pulgadas mientras me fumo un porro un sábado por la noche. Viendo los extras de la película, miro a Malkmus durante un ensayo de la última reunión de la banda: es un señor de 60 años vestido con ropa deportiva; y cuando digo deportiva, no me refiero solo a tenis y playera: toda su ropa está brandeada con equipos de basketball, fútbol americano y soccer. Trae esos enormes shorts de basquetbolista, una camiseta tipo polo Sergio Tacchini y unos tacos para jugar fútbol. ¿Qué clase de dios del indie usa tacos en el escenario? Claro, sólo él: Mr. Meimportaunamierdatodoytodos.
La imagen ultra nítida que proyecta mi pantalla genera en mí un monólogo interior altamente influido por el efecto de la mota: ¿Por qué Stephen Malkmus quiere tomarnos el poco cabello que nos queda a sus fans? ¿No está un poco grande para hacerse el interesante? O quizá nunca lo fue y siempre fue solo ese gringo larguirucho adicto a los deportes televisados que fue maldito por los dioses de la música y destinado a hacer estupendas canciones. Quizá sea eso: el señor fue bendecido con un Don que no pidió, a él le gustaría estar todo el día en casa viendo ESPN. Cualquiera que sea la respuesta, deja de tener importancia porque en el video ya están tocando “Gold Soundz” y la fuerza de esa canción es tal que, poco a poco, me embriaga de entusiasmo: me encanta, me importa una mierda también lo que piense Malkmus de sí mismo o lo que piense yo de él: mientras siga haciendo lo que hace seguiré pagando dinero para comprar sus discos, ¿ya nadie compra discos, no? están carísimos. Bueno, para los de él siempre separo unos pesitos en el chochinito.
Mi monólogo interior se vuelve cómico y me hace pensar: “Quizá debería hacer una lista con las mejores canciones en sus discos solistas y con The Jicks bajo el efecto de esta Lemon Haze”. Sí, sí,todas las listas son inútiles excepto las del mercado, pero yo, que he escuchado todos sus discos con atención y he pagado dinero por ellos, voy a recomendarte mis cinco canciones favoritas de ese viejo zorro (¡y la última no te sorprenderá!). Tengo derecho, estas canciones han estado conmigo el tiempo suficiente. Así que, si no tienes nada mejor que hacer ahora, ¡aquí vamos! ¿quieereeenn monolooogueeeeeee? ¿no? Da igual, acá están mi “Stephen Malkmus´ 5 Silver Greats”.
5. Vanessa from Queens.
Del álbum Pig Lib, publicado por Matador en 2003.
Algo que debe ser sumamente complicado dentro del indie como género (si es que existe tal aberración) es conseguir una paleta de sonidos que no peque de grandilocuencia sinfónica, cursilería indietrónica o exotismo krauty. Es decir, evitar ese maquillaje pastoso de arreglos pretenciosos que suele asfixiar a las canciones. En su segundo disco solista, Malkmus consigue ensamblar un rock-pop minimalista y preciso; una labor similar a erigir una torre de piedras lisas, una sobre otra, en una airosa tarde en la playa.
“Vanessa from Queens” consigue mucho con muy poco: apenas una guitarra llena de destellos de phaser y un órgano electrónico que acompaña la melodía con calma contemplativa son suficientes para transportarte al soft pop de los 70, ese oro de Amplitud Modulada al estilo de Chicago o 10cc. Los gringos conocen bien su propia música, han crecido con ella y saben cómo aplicarla a la perfección; esta canción es la mejor prueba de ello.
4. THE HOOK.
Del álbum homónimo publicado por Matador en 2001.
Esta es una canción que se quedó en el tintero durante las sesiones de Terror Twilight, el último disco de Pavement, y no fue hasta su debut en solitario cuando logró cuajar en una versión definitiva. Se trata de un mid-tempo bastante funky —marcado por un cencerro constante— que emula el sonido de ese disco de Lou Reed que pocos parecen apreciar: Coney Island Baby. La letra narra las desventuras de un joven capturado a los 19 años por piratas turcos en el Mediterráneo que es convertido en una suerte de mascota; sin embargo, con el tiempo, el personaje comienza a ganarse el respeto de los bucaneros hasta que, a los 31, se convierte en el capitán del temido galeón de asesinos.
La imaginación de Malkmus manifiesta aquí su efervescencia y esa capacidad única para crear canciones que funcionan como películas completas.
3. MIDDLE AMERICA.
De Sparkle Hard, publicado por Matador en 2018.
Un paso a desnivel debajo del Periférico, en el Estado de México en un día de sol, es una buena metáfora del espíritu musical de “Middle America”. Ya sabemos que las palabras no son el lenguaje de la música; ya sabemos que escribir sobre música es como bailar sobre arquitectura, pero mientras existan canciones así, la costumbre de escribir pendejadas alrededor de la música seguirá presente.
“Middle America” es folk de nylon, de rasgueo seco, pero con una dulzura inusual. Suena como una clase de Wilco con cruda; su bonita letra, junto a la melodía, consigue generar un halo luminoso, cálido, pero también desértico y agotador, que te obliga a buscar una sombra. Esa luz encandila y no es bueno mirar al sol.
“Men are scum, I won’t deny / May you be shit-faced the day you die / And be successful in all your lies / In the wintertime”.
2. LARIAT.
De Wig Out at Jagbags, publicado por Matador en 2014.
A veces, todo lo que se necesita para crear una canción perfecta de pop es un riff pegajoso, una letra divertida y un dejo de melancolía. “Lariat” lo tiene todo. Olvidémonos por un momento de la telaraña microtonal de siempre e imaginemos a un Malkmus más optimista y acelerado; listo: tienes una de las mejores canciones no solo de Malkmus & The Jicks, sino también de Pavement. Si “Lariat” hubiera salido en Wowee Zowee, probablemente Pavement le habría dado un bocado más grande a la industria y habría satisfecho los deseos de sus mecenas de convertirlos en una especie de nuevos Nirvana mucho más preppy.
En la segunda mitad de la canción, inserta un crescendo emocionante que estalla con una estrofa maravillosa: “We grew up listening to the music from the best decade ever / Talking about the A-D-D’s”. Habla, claro, de sus años de desmadre y de la música que estaba a su alrededor; en la letra también hace alusiones a discos legendarios del underground gringo: cita el primero de Mudhoney, el Double Bummer de Bongwater y el Torch of the Mystics de Sun City Girls. Rolón de cabo a rabo.
1. PINK INDIA.
De su álbum homónimo publicado por Matador en 2001.
Una bellísima pieza semiacústica de americana crepuscular que cabalga a lomo de camello y hace gala de una de sus afinaciones favoritas (D, A, D, F#, B, E). Malkmus nos arrulla con un relato inspirado en un conflicto geopolítico del siglo XIX conocido como “The Great Game”, retratando con ironía la vida de Mortimer Durand, diplomático responsable de trazar las fronteras de Afganistán frente a la expansión rusa. En “Pink India”, la voz y los instrumentos hablan entre sí de la misma forma en que los pájaros trinan cuando cae la tarde; puede que uno no entienda nada, pero la sola combinación de los sonidos le hace a uno sentirse vivo.
Me he aprendido esta canción en la guitarra y es de esas que son increíblemente placenteras de tocar. En la materia de hacer de lo complejo algo sencillo, Malkmus se saca un diez; vamos, exenta, porque esta canción no es cualquier cosa, no es “Lamento boliviano” de los Enanitos Verdes. Creo que es la mejor canción de su primer disco en solitario que, por cierto, fue publicado en México por la difunta disquera Suave; la leyenda negra dice que las ventas aquí fueron raquíticas.
BONUS TRACK.
Como apunte adicional —y aunque no se trate de sus canciones—, no puedo dejar de recomendar ese delirante atrevimiento que tuvo en 2012: interpretar el Ege Bamyasi de Can de principio a fin durante el Week-End Fest para celebrar el 40 aniversario del álbum. Aquella osadía quedó registrada en un vinilo lanzado por Domino y Matador durante el Record Store Day 2013. En este sinsentido lo acompaña la banda alemana Von Spar y la grabación es de primer nivel.






